| La Atlántida | |||
| LA ATLANTIDA La deslumbrante civilización desaparecida en el océano que hoy lleva su nombre, fue considerada como un hecho histórico por los más ilustres filósofos griegos, no obstante, la ciencia oficial se empeña en negar su existencia. Platón afirma que la historia de la Atlántida fue traída a Atenas desde Egipto por el sabio y estadista Solón. Por entonces, Sais, capital del Bajo Egipto, era el centro cultural del mundo civilizado. Solón la visitó alrededor del 560 a. C. y allí, los sacerdotes egipcios le mostraron los famosos archivos del antiguo Egipto, que se remontaban a muchos miles de años. A su regreso a Grecia, escribió su poema Atlantikos que fue heredado por Critias el viejo y éste la pasó a su nieto Critias quién se la contó a Platón. En dos de sus famosos Diálogos, Platón nos habla con perfección de detalles de esta tierra desaparecida. En el Timeo escribió lo siguiente: "...En aquel tiempo, había una isla delante del lugar llamado las Columnas de Hércules. Esta isla era mayor que Libia y el Asia unidas. Y los viajeros de aquellos tiempos podían pasar de esta isla a las demás islas (Caribe) y desde estas islas podían ganar todo el continente, en la costa opuesta de este mar que merecía realmente su nombre (América). En esta isla Atlántida, unos reyes habían formado un imperio grande y maravilloso. Este imperio era señor de la isla entera y también de muchas otras islas y partes del continente. Por lo demás, en la parte vecina a nosotros, poseía la Libia hasta el Egipto y la Europa hasta la Tirrenia". En tanto que en el Critias menciona: " Habían adquirido riquezas en tal abundancia, que nunca sin duda antes de ellos ninguna casa real las poseyera semejantes y como ninguna las poseerá probablemente en el futuro". "...En primer lugar, todos los metales duros o maleables que se pueden extraer de las minas. Primero, aquel del que tan sólo conocemos el nombre, pero del que entonces existía, además del nombre, la sustancia misma, el oricalco. Era extraído de la tierra en diversos lugares de la isla; era, luego del oro, el más precioso de los metales que existían en aquel tiempo. Análogamente, todo lo que el bosque puede dar en materiales adecuados para el trabajo de carpinteros y ebanistas, la isla lo proveía con prodigalidad. Asimismo, ella nutría con abundancia todos los animales domésticos o salvajes. Incluso la especie misma de los elefantes se hallaba allí ampliamente representada". Otro testimonio es el de Crantor, que tres siglos después de Solón viajó a Egipto y corroboró los datos de Platón. En Sais, los sacerdotes le mostraron unas misteriosas estelas cubiertas de inscripciones jeroglíficas que contenían la "historia de la Atlántida y de las gentes que la habitan". Desde entonces, los académicos debatieron la autenticidad de la Atlántida durante siglos, muchos dieron por sentada su existencia y otros intentaron por todos los medios de negar este relato histórico. Quién popularizó la existencia de esta civilización perdida fue Ignatius Donnelly, escritor y político norteamericano que en 1882 publicó La Atlántida: el mundo antediluviano, que situaba al mítico continente en las islas Azores, e intentaba probar que esta civilización había colonizado el Nuevo y el Viejo Mundo. De este libro se hicieron 50 reediciones antes de 1950 y le siguieron miles ensayos, artículos y novelas de otros autores, en tanto que con el advenimiento del cine y la televisión surgieron cientos de películas con el mismo tema, hasta hoy con la última producción de los Estudios Disney, el dibujo animado: Atlantis, el imperio perdido. En 1968, se encontró una evidencia arqueológica a favor de la existencia en el Atlántico de una civilización desaparecida. Bajo las aguas poco profundas de las Bahamas a la altura de la isla de Andros, se encontraron un gran número de bloques de piedra rectangulares y otras cuadradas perfectamente unidas y formando lo que se ha dado en llamar el "Camino de Bimini". A raíz de este descubrimiento, Charles Berlitz publicó en 1971 un libro titulado: El misterio de la Atlántida, donde profundiza las investigaciones y agrega más datos respecto a otras ruinas submarinas dispersas por el Caribe. En 1973, un equipo de exploración submarina de la Universidad de Los Ángeles, halló en el Golfo de Cádiz, España, restos interesantes, la doctora Asher, a cargo del grupo declaró: "...a 17 millas de la costa y a lo largo de Cádiz, a unos 29 metros de profundidad hallamos una plataforma que databa de 1000 a 7000 años a. C., y que en aquellos tiempos se encontraba sobre el nivel del mar. Descubrimos fragmentos de columnas, bloques de piedra e incluso carreteras". Debido a que el tema fue subiendo de temperatura, la Universidad de Indiana, en los Estados Unidos convocó en abril de 1975 a un simposium titulado "La Atlántida: ¿realidad o ficción?". Expertos en todas las ramas del saber se dieron cita para intentar resolver el problema de la Atlántida de una vez por todas. Los escépticos triunfaron y demostraron que el argumento de Platón, que se remontaba a 2.400 años atrás, era pura ficción. Sin embargo, el continente perdido siguió dándole dolores de cabeza al establishment oficial, que para terminar con el tema trató de situarlo en el Mar Mediterráneo, en la isla de Thera y en Creta, algo que es incompatible con el relato del Platón, o sea, una enorme masa de tierra situada al oeste del estrecho de Gibraltar, en cercanías de la desembocadura de un gran río, que desapareció bajo el mar, hace unos 12.000 años, a raíz de una colosal catástrofe natural. Uno de los teóricos de la Atlántida más convincente fue el ingeniero Otto Muck que en su obra El secreto de la Atlántida, apoya las ideas de Donnelly acerca de los paralelismos hallados entre las costumbres y leyendas a ambos lados del océano atlántico y presenta algunas evidencias que confirman la existencia de una tierra desaparecida alrededor del 9000 a. C. Muck calcula que un enorme asteroide con un diámetro de 10 kilómetros cayó sobre la Tierra desde el noroeste, en cercanías de Puerto Rico. El impacto generó una fuerza explosiva de 30.000 megatoneladas de nitroglicerina, equivalente a la de 3000 bombas de hidrógeno. Muck opina que el traumático acontecimiento hundió tierras entre Europa y América del Norte, y gran parte de la América Central para formar el Golfo de México y el Caribe. La destrucción marcaría el inicio del calendario maya, que según muchos se sitúa el 5 de junio del año 8498 a. C. Cuando la Luna, el Sol y Venus estaban alineados, haciendo que la fuerza de gravedad combinada desviara el asteroide de su órbita cuando pasó cerca de la Tierra. A pesar del tiempo transcurrido y de siglos de investigación, especulación y discusión, la existencia de la Atlántida no ha podido ser probada ni refutada. Pero guste o no a las instituciones científicas oficiales, es muy posible que pronto aparezcan pruebas concluyentes que corroboren la existencia de un imperio cuyas ciudades yacen ahora en el fondo del Atlántico. La Atlántida ( Parte 1-continuación) La búsqueda de la Atlántida ha constituido, y continúa siendo, un enorme desafío. Los supervivientes de este mítico continente han dejado huellas por todo el planeta. Pero, ¿qué sabemos con certeza sobre su historia y sociedad? ¿Y sobre su arquitectura y ciencia? ¿Es posible precisar dónde se encontraba, por qué desapareció y qué tipo de civilización poseía? Isabela Herranz (Año Cero, núm 128) uando Platón describió la existencia de la Atlántida en sus diálogos Timeo y Critias, algunos autores clásicos, coetáneos de filósofo, comenzaron a interesarse por el mítico continente. Plutarco, Estrabón, Plinio el Viejo y Diodoro de Sicilia, entre otros, tratan este asunto en algunos de sus escritos. Desde entonces, se han planteado infinidad de hipótesis para demostrar la existencia de un continente que, con el paso del tiempo, ha llegado a convertirse en arquetipo de una civilización ideal. La Atlántida siempre resuena en nuestros oídos como un viaje épico hacia el descubrimiento de nuestros orígenes. Su nombre continúa estimulando nuestra imaginación. La compañía Disney estrenará en junio de 2001 la película Atlántida: El imperio perdido, y también se rumoreó que el argumento del próximo episodio de las aventuras de Indiana Jones podría girar en torno a dicho continente. «La Atlántida está a nuestro alrededor», como ha sugerido el escritor inglés John Michell. No se trata de un mero recurso retórico. La presencia de numerosos restos arqueológicos y megalíticos ciclópeos en muchas zonas de la Tierra, levantados con orientaciones astronómicas muy precisas (AÑO / CERO, 93), supuestamente anteriores a la Edad de Piedra, sugieren que una civilización de grandes astrónomos e ingenieros precedió a la prehistoria humana. ¿Fueron erigidos por quienes sobrevivieron a un gran cataclismo o por sus descendientes? Civilización marítima A diferencia de otras civilizaciones extinguidas bien documentadas, como la maya, la micénica o la babilónica, sobre las que se ha podido reconstruir un lenguaje común, precisar lugares geográficos y trazar contactos específicos con culturas contemporáneas, en el caso de la Atlántida esto no ha sido posible. Así y todo, hay innumerables hebras deshilachadas que parecen proceder de una misma madeja, por muy enmarañada que esté. ¿Qué pensar, por ejemplo, de los mitos universales que preservaron el remoto conocimiento de la precesión de los equinoccios, un fenómeno astronómico supuestamente descubierto por Hiparco en el 127 a.C.? El hecho de que este ciclo se complete cada 26.000 años sugiere que los humanos habrían estado observando el cielo sistemáticamente durante milenios, según expusieron con todo detalle Giorgio de Santillana y Hertha von Dechend. Los mapas preservados por marinos como Piri Reis, con la Antártida cartografiada sin hielo hace males de años, confirman también que un conocimiento semejante sólo podía haber sido acumulado por una civilización marítima anterior a los cambios de nivel sufridos por el mar a finales de la última edad glaciar, hace unos 11.500 años. Muchos consideran que la Atlántida fue una fantasía elaborada por Platón en sus diálogos Critias y Timeo, pero eso no ha impedido su búsqueda por parte de numerosos historiadores, eruditos, geólogos, submarinistas, paleontólogos y arqueólogos, sin olvidar a los visionarios ocultistas y dotados psíquicos. La historia que estos últimos nos han contado es sin duda más fascinante que la ofrecida por arqueólogos y exploradores. Con fragmentos reunidos por unos y otros, la investigadora norteamericana Shirley Andrews intentó esa reconstrucción en su obra Atlantis, Insights from a Lost Civilization (Llewellyn, 1997). En esta visión, la Atlántida se despliega ante nuestros ojos como un mundo muy parecido al nuestro en algunos aspectos. Hallazgos inexplicables Pese a sus errores, los psíquicos informan con frecuencia sobre sucesos a los que no tienen acceso los historiadores, ya que se apoyan en vías de información que no están limitadas por el tiempo ni por el espacio. Por otra parte, el material «canalizado» encaja con algunas de las fuentes tradicionales relativas a la civilización atlante. Aunque ellos lo nieguen, ¿basaron sus relatos en las fuentes escritas conocidas? ¿Acaso se influyeron unos a otros a través de la percepción extrasensorial, como ha sugerido el investigador psíquico Alan Vaughan? Si bien no puede atribuírsela enteramente el mérito del gran interés popular en la Atlántida -pues lgnatius Donnelly causó más sensación con su obra Atlantis (1882)-, podría afirmarse que los escritos de Helena Petrovna Blavatsky (1831-1891) sobre el mundo atlante, supuestamente obtenidos a partir del estudio de las tradiciones ocultistas orientales y mediante comunicaciones con otros planos, influyeron poderosamente a toda la cohorte de videntes posteriores. Algunas de sus propuestas resultaban absurdas y descabelladas en su época, pero un siglo después han recobrado vigor. Por ejemplo, la de que seres inteligentes anteriores al hombre coexistieron con los dinosaurios parece cada vez más plausible a la vista de los inexplicables hallazgos de huellas y fósiles humanoides, correspondientes a aquella época, en diversas zonas del planeta. Por ejemplo, el doctor C. N. Dougherty descubrió en 1971 en el Valle de los Gigantes (Texas) numerosas huellas de saurios de diversas especies, junto a otras de pies humanos de gran tamaño, en el mismo estrato geológico. Éste y otros descubrimientos semejantes parecerían dar la razón a Blavatsky, a los Vedas y a otras muchas antiguas tradiciones. El «mapa» de la antigüedad de la Tierra y el esquema de la evolución humana mediante diversas «razas raíz», divididas en subrazas, trazados por esta ocultista, resultan más que discutibles. Pero, a medida que van aflorando fósiles humanos, cada vez de mayor antigüedad, parecen ir confirmándose algunos de sus datos. Es preciso señalar, no obstante, que las «razas raíces» de Blavatsky no se corresponden con nuestro concepto habitual de raza, ni siquiera con el de humanidad, ya que la primera sólo habría existido en el plano astral. La segunda o «hiperbórea» se acercaba más a los hombres actuales, pero estaba muy vinculada con el plano etéreo; y habitaba el norte de Asia y parte del Ártico. En tercer lugar estaban los habitantes de Lemuria (AÑO / CERO, 43), desaparecida en el Pacífico. La humanidad actual sería la quinta raza, mientras que la cuarta correspondería a los atlantes: eran bastante altos, estaban divididos en dos sexos y su avanzada civilización habría dado origen a las conocidas por nosotros. Sin embargo, al igual que Lemuria, su sociedad fue destruida por diversos cataclismos. Según los teósofos, las razas sexta y séptima que nos seguirán serán de nuevo más etéreas. LA ATLÁNTIDA (Parte 2) En el año 1.968 un grupo de norteamericanos descubrieron en Bimini, próximo a Florida, una muralla rectangular formada por enormes piedras con ensambladuras tal como las de las construcciones megalíticas de Bolivia y Perú y que se encontraban a unos novecientos metros de profundidad. En el año 1.979 Aksinov, profesor de la Academia de Ciencias del Soviet, realizó un reportaje fotográfico de murallas de piedras y escaleras hechas sin lugar a dudas por la mano del hombre y que se encontraban a 200 pies de profundidad y más o menos a unas 275 millas de Portugal. También unos años más tarde se descubrió a 50 millas de Florida y a 1.200 pies de profundidad una pirámide, cuya superficie es mucho mayor que la pirámide de Keops en Egipto. Las Islas Canarias podrían ser vestigios montañosos de la antigua Atlántida. Este grupo de islas eran denominadas en otro tiempo Atalaya por su altura. En las escalas que realizaron los romanos en las Islas Canarias consideraban a sus habitantes como supervivientes del continente perdido. Los Guanches, primitivos habitantes de las estas islas, conservaron durante miles de años una tradición escrita y oral, que era muy parecida a la historia narrada por Platón sobre la Atlántida. En estas islas se encontraron durante el siglo XIV restos de una cultura de edades antiquísimas: extraños escritos, el arte de la momificación, adoración al Sol, etc., todo ello muy similar a las costumbres de los Mayas. Según algunos investigadores, el científico Rivollier, descubrió en mayo de 1.973, en una gruta, a muy pocos kilómetros de Fez, en Marruecos, junto a otros restos de cerámicas y ornamentos, dos regletas metálicas que debían estar enterradas allí desde unos veinticinco siglos antes de Cristo. Estas varillas eran de un metal desconocido y al que los atlantes denominarían "orichalcum", era como de un reflejo de oro, pero de color cobre rojizo, pero su peso era superior al cobre ordinario, con una gran dureza y sin huellas de oxidación. Se sabe que una de ellas desapareció misteriosamente cuando seguía el camino hacia París y la otra tampoco se sabe cual fue su destino. Diferentes doctrinas esotéricas han hablado de la existencia de archivos universales que se encuentran en una dimensión alejada de nuestro mundo y que contienen información sobre toda la historia de la humanidad. Estos archivos son conocidos como Registros Akháshicos. A través de estos archivos se ha conocido alguna información sobre la civilización atlante. Según esta información, la civilización atlante, se inició hace alrededor de un millón de años, guiado por la Jerarquía Espiritual de nuestro planeta, junto a la colaboración de otras civilizaciones extraterrestres que procedían de Sirio, Venus y las Pléyades, que fueron quienes iniciaron la formación de las primeras razas y culturas de nuestro planeta. En la época de los atlantes, se sufrieron cinco cataclismos de origen geológico, e incluso en una de las ocasiones por el choque de un asteroide. La mayoría de los cataclismos fueron provocados por los propios atlantes que por una forma errónea de pensar y actuar se produjeron alteraciones energéticas por cuyo motivo la Jerarquía Espiritual del planeta tomó la decisión de extinguir la civilización Atlante para que se volviese a establecer nuevamente el equilibrio evolutivo. Los seres más avanzados espiritualmente, se salvaron de estas catástrofes y fueron guiados por unos iniciados a lugares más seguros para iniciar una nueva civilización. Parte de los supervivientes fue dirigido hacia una gruta de acceso a los mundos internos en el hemisferio Norte y en esos mundos internos se creó una nueva sociedad con una nueva cultura. La Atlántida ( Parte 3) Manuscritos tibetanos ¿Cómo obtuvo Blavatsky esta información? Según ella, lo hacía accediendo a los registros Akásicos mientras entraba en trance y consultaba antiguos manuscritos tibetanos, o bien recibía los dictados de sus guías espirituales, los Mahatmas. En su obra fundamental, La doctrina secreta, recogía extractos de uno de esos manuscritos, Las Estancias de Dzyan (Ed. Sirio), que Blavatsky afirmaba haber visto en un monasterio de los Himalayas. Un discípulo suyo, W. Scott-Elliot, también recopiló mucha información por esa vía. En su libro, Historia de la Atlántida (1896), ofrecía fechas concretas de los diversos cataclismos que la destruyeron y aseguraba que había ocupado la mayor parte del actual océano Atlántico. Su cronología geológica resultaba ser absolutamente inviable, pero algunas de sus propuestas merecen consideración. Según él, la Atlántida se extendía desde la actual Groenlandia hasta la mitad de la actual Sudamérica y durante su larga existencia estuvo habitada por subrazas (así llamadas para distinguirlas de las siete razas raíces, a su vez divididas en siete). Los lemurianos habrían medido más de 3,5 metros de estatura y algunos de sus descendientes pervivirían en algunas zonas del planeta, como Africa y Australia. Según esta fuente, los atlantes evolucionaron a partir de los lemurianos. Entre sus subrazas se contaban los primeros sernitas y mongoles, pero la principal subraza regente de la Atlántida habría sido la tolteca, que conquistó el continente. Antes de la destrucción final, un grupo de iniciados toltecas emigró a América y Egipto. John A. West demostró que la erosión sufrida por la Esfinge de Giza no se debía al viento del desierto, sino a la acción de la lluvia. Tal hallazgo suponía datar la Esfinge en al menos 9.500 de antigüedad, en vez de 4.500 como se creía. Una obra de tal magnitud sólo pudo haberse construido con unos conocimientos arquitectónicos, astronómicos y matemáticos de una cultura muy anterior a la egipcia. Algo semejante podría decirse de la arquitectura de Tiahuanaco, construida supuestamente por los toltecas que emigraron a América. Pero la cuestión de las razas atlantes propuestas por los teósofos no termina aquí. El ariosofista Jörg Lanz von Liebenfels (1874-1954), uno de los que mayor influencia parece haber ejercido en la primitiva ideología del nacional-socialismo alemán, compartía las creencias de los teósofos sobre Lemuria y la Atlántida, pero fue más allá que ellos en relación con las razas y subrazas atlantes. Von Liebenfels comenzó comparando favorablemente la antropogénesis ocultista de Blavatsky con los hallazgos de la paleontología contemporánea. No tardó en afirmar que había descubierto la fuente de todo el mal en el mundo y el significado auténtico de las Escrituras, incluidas las ocultistas, como Las Estancias de Dzyan. El resto vino por añadidura. Según él, la octava estancia se refería a cómo los primeros lemurianos -andróginos- se dividieron en dos sexos y atrajeron el castigo divino al engendrar monstruos con otras especies, atractivas pero inferiores: «Tomaron animales hembras muy bellos, pero descendientes de otros que no tenían ni alma ni inteligencia. Engendraron monstruos, demonios malvados». Según Von Liebenfels, la cuarta raza raíz atlante se había dividido en diversas subespecies puras y bestiales, correspondiéndose éstas con los primeros antropoides y los monos antropomórficos: «El error fatal de los descendientes de los antropoides (hombres-dioses), la quinta raza raíz de los arios -homo sapiens- habría sido mezclarse repetidamente con los descendientes de los monos (hombres-animales». En relación con esto último, el investigador Nicholas Goodrick-Clarke señala en Las raíces ocultas del nazismo que «la consecuencia fue la creación de varias razas mixtas, que -según el protonazi Liebenfels- amenazaban la autoridad sagrada de los arios en todo el mundo». Las raíces de la eugenesia nazi se encuentran aquí, e ideas similares han persistido entre aquellos visionarios de la Atlántida que se han atrevido a hablar de sexo. La canalizadora Ingrid Bennett lo ha hecho. Gracias a la ayuda de sus guías y ayudantes espirituales -entre ellos Nube Blanca y Águila Blanca-, esta sanadora y médium holandesa, afincada en Nueva Zelanda desde niña, ha canalizado muchísima información sobre su pasada vida en la Atlántida como «Guardiana del Cristal». En sus informes ofrece datos sobre la vida íntima de los atlantes: «Las relaciones sexuales era muy activas y nos mantenían sanos. El sexo era tan importante como el comer y el dormir. Algunos tenían relaciones con animales o con seres mitad humanos mitad animales, como los centauros». La perversión de las costumbres en la última etapa atlante no se limitó sólo a la práctica del bestialismo, sino también a la de la magia. Ésta terminó por minar su sociedad, según asegura, entre otros muchos, Daphine Vigers en Atlantis Rising (1952): «Hace unos 10.000 años, los egoístas dirigentes de la Atlántida perdieron interés en el progreso científico y su respeto por el antiguo conocimiento desapareció. A medida que éstos dedicaban sus energías a peligrosas prácticas ocultas, la magia negra reemplazó gradualmente a la religión». Diversos autores han afirmado que la causa del desastre final se debió precisamente a la práctica de la magia, pero otros lo han atribuido a su avanzada tecnología, la cual les habría permitido manejar poderosas energías cosmotelúricas que acabaron escapando a su control y provocaron un gran desequilibrio en la Naturaleza. Según Scott-Elliot, la tercera raza atlante -los toltecas- eran gigantes. Medían 2,5 metros y vivían en la fabulosa Ciudad de las Puertas Doradas, una gran urbe circular con canales, la misma que el sacerdote egipcio Solón describió a Platón. Era muy similar a la Khorsabad amurallada del rey Sargón II, en Sumeria, que estaba enterrada bajo las arenas en tiempos del filósofo griego. También se parecía a la capital de los aztecas en México y a la de los incas en Perú, que Platón desconocía. Era, según la descripción de este último, una ciudad circular con palacios, puertos y dársenas. Los recintos de tierra estaban amurallados y recubiertos de metales: el primero de bronce a modo de barniz, el segundo de estaño y la acrópolis de oricalco, un metal hoy desconocido que relumbraba como el fuego. Esta ciudad tenía también numerosos templos dedicados a diversas deidades, muchos jardines, piscinas al aire libre, gimnasios, cuarteles y un hipódromo gigantesco cuyo circuito, de un estadio de largo, discurría en círculos concéntricos. La parte de la Atlántida que daba al mar se describe como llena de acantilados, pero en la ciudad central había una campiña rodeada de montañas. Este edificio ha sido descrito con bastante detalle por el visionario F. S. Oliver en su obra Caminante entre dos mundos (1952): tenía forma piramidal y en su interior había grandes cristales colgando del techo que creaban un efecto de luz especial. Una plataforma elevada de granito rojo ocupaba el centro del templo y poseía un gran bloque de cuarzo cuyos destellos no dañaban la vista, pero producían un fuego útil para las cremaciones y sacrificios. Excepto por la citada ciudad, los atlantes no solían construir grandes urbes debido a su impacto medioambiental. Según expone Murry Hope en su obra Practical Atlantean Magic (1991), sus comunidades eran pequeñas y las casas construidas hace unos 12.000 años eran circulares. El psíquico Dale Walker, por su parte, indica que «construyeron grandes torres como faros cerca del mar... Templos de gran belleza llenaban la Tierra. En ellos, la combinación de luz, color, sonido, magnetismo y energías de pensamiento se canalizaban mediante cristales para hacer maravillas en el campo de la sanación». Este no es el único dato que aporta Walker sobre la forma en que los atlantes ejercían la medicina. Sus informes van mucho más allá: «Cuando era preciso, los sacerdotes sanadores conectaban con las mentes de los pacientes para conseguir que las células del cuerpo se separaran, dejando al descubierto el órgano enfermo. Las células a su alrededor se soltaban y forzaban al órgano hacia la superficie del cuerpo, donde el sanador lo tomaba y lo introducía en una cámara de rejuvenecimiento. Las células rejuvenecían solas... No había dolor ni sangre ni traumas». Esta información no es la única capaz de despertar escepticismo respecto a lo que nos cuentan sobre la civilización atlante. Sin embargo, existen otras aportaciones mucho más interesantes, como la de Cayce, el vidente que nos ha dejado el mayor legado psíquico sobre la Atlántida. |
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